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lunes, 13 de mayo de 2013

El prejuicio docente


A veces el prejuicio es tal que no permite a algunos maestros acomodarse a las situaciones que la docencia les va ofreciendo y que puede permitirles ser transformadores de las mismas en beneficio de los alumnos y de ellos mismos.
Por supuesto que esta chatura docente no es debida a los docentes por sí solos. Está acompañada por la inmensa burocracia imperante en las instituciones, donde es más importante llenar extensa papelería de controles que, posiblemente nadie lea, antes que enfocarse en cómo hacer para que nuestros alumnos sean orientados provechosamente en el aprendizaje. Por otra parte es sabido que se educa con el ejemplo, ¿qué ejemplo puede dar un docente que introduce en su profesión la compañía del prejuicio?.
Si estamos permanentemente comunicándonos (axioma de Watzlawick), es dable entender que los alumnos, esto (el prejuicio), lo perciben y, de ahí, tal o cual comportamiento en reciprocidad. En la película “Entre los muros”, los prejuicios sociales se ponen en evidencia ante la diversidad de culturas que hoy pueblan las aulas y, también, a través de la indolencia de los docentes que anteponen su prejuicio a la tarea de maestros.
Creo que el más grave prejuicio es aquel que no permite, a los docentes, valorizarse a sí mismos, haciéndolos prejuiciosos de sí mismos. Opinando para sus adentros de que no pueden ir más allá, situación que les impide encontrar nuevos rumbos en su quehacer. Son máquinas de impedir su propia creatividad.
A colación aporto el siguiente texto, que ilustra, quizás levemente, la anterior apreciación.


El corcho.
Hace años, un inspector visitó una escuela primaria. En su recorrido observó algo que le llamó poderosamente la atención, una maestra estaba atrincherada atrás de su escritorio, los alumnos hacían gran desorden; el cuadro era caótico.
Decidió presentarse:
 - “Permiso, soy el inspector de turno... ¿algún problema?”
 - “Estoy abrumada señor, no se qué hacer con estos chicos... No tengo láminas, el Ministerio no me manda material didáctico, no tengo nada nuevo que mostrarles ni qué decirles...”
 El inspector, que era un docente de alma, vio un corcho en el desordenado escritorio. Lo tomó y con aplomo se dirigió a los chicos:
 - “¿Qué es esto?”
 - “Un corcho señor...”, gritaron los alumnos sorprendidos.
 - “Bien, ¿De dónde sale el corcho?”
 - “De la botella señor. Lo coloca una máquina.., del alcornoque, de un árbol .... de la madera...”, respondían animosos los niños.
 - “¿Y qué se puede hacer con madera?”, continuaba entusiasta el docente.
 - “Sillas..., una mesa..., un barco...”
-          “Bien, tenemos un barco. ¿Quién lo dibuja? ¿Quién hace un mapa en el pizarrón y coloca el puerto más cercano para nuestro barquito? Escriban a qué provincia argentina pertenece. ¿Y cuál es el otro puerto más cercano? ¿A qué país corresponde? ¿Qué poeta conocen que allí nació? ¿Qué produce esta región? ¿Alguien recuerda una canción de este lugar?...”, y comenzó una tarea de geografía, de historia, de música, economía, literatura, religión…

 La maestra quedó impresionada. Al terminar la clase le dijo conmovida:
 - “Señor, nunca olvidaré lo que me enseñó hoy. Muchas gracias.”
 Pasó el tiempo. El inspector volvió a la escuela y buscó a la maestra. Estaba acurrucada atrás de su escritorio, los alumnos otra vez en total desorden...
 - “Señorita... ¿Qué pasó? ¿No se acuerda de mí?”
 - “Sí señor, ¡cómo olvidarme! Qué suerte que regresó. No encuentro el corcho. ¿Dónde lo dejó?”.-

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