A
veces el prejuicio es tal que no permite a algunos maestros acomodarse a las situaciones
que la docencia les va ofreciendo y que puede permitirles ser transformadores
de las mismas en beneficio de los alumnos y de ellos mismos.
Por
supuesto que esta chatura docente no es debida a los docentes por sí solos.
Está acompañada por la inmensa burocracia imperante en las instituciones, donde
es más importante llenar extensa papelería de controles que, posiblemente nadie
lea, antes que enfocarse en cómo hacer para que nuestros alumnos sean
orientados provechosamente en el aprendizaje. Por otra parte es sabido que se
educa con el ejemplo, ¿qué ejemplo puede dar un docente que introduce en su
profesión la compañía del prejuicio?.
Si
estamos permanentemente comunicándonos (axioma de Watzlawick), es dable
entender que los alumnos, esto (el prejuicio), lo perciben y, de ahí, tal o
cual comportamiento en reciprocidad. En la película “Entre los muros”, los
prejuicios sociales se ponen en evidencia ante la diversidad de culturas que
hoy pueblan las aulas y, también, a través de la indolencia de los docentes que
anteponen su prejuicio a la tarea de maestros.
Creo
que el más grave prejuicio es aquel que no permite, a los docentes, valorizarse
a sí mismos, haciéndolos prejuiciosos de sí mismos. Opinando para sus adentros
de que no pueden ir más allá, situación que les impide encontrar nuevos rumbos
en su quehacer. Son máquinas de impedir su propia creatividad.
A
colación aporto el siguiente texto, que ilustra, quizás levemente, la anterior
apreciación.
El corcho.
Hace
años, un inspector visitó una escuela primaria. En su recorrido observó algo
que le llamó poderosamente la atención, una maestra estaba atrincherada atrás
de su escritorio, los alumnos hacían gran desorden; el cuadro era caótico.
Decidió
presentarse:
-
“Permiso, soy el inspector de turno... ¿algún problema?”
-
“Estoy abrumada señor, no se qué hacer con estos chicos... No tengo láminas, el
Ministerio no me manda material didáctico, no tengo nada nuevo que mostrarles
ni qué decirles...”
El
inspector, que era un docente de alma, vio un corcho en el desordenado
escritorio. Lo tomó y con aplomo se dirigió a los chicos:
-
“¿Qué es esto?”
-
“Un corcho señor...”, gritaron los alumnos sorprendidos.
-
“Bien, ¿De dónde sale el corcho?”
-
“De la botella señor. Lo coloca una máquina.., del alcornoque, de un árbol ....
de la madera...”, respondían animosos los niños.
-
“¿Y qué se puede hacer con madera?”, continuaba entusiasta el docente.
-
“Sillas..., una mesa..., un barco...”
-
“Bien, tenemos un barco. ¿Quién lo
dibuja? ¿Quién hace un mapa en el pizarrón y coloca el puerto más cercano para
nuestro barquito? Escriban a qué provincia argentina pertenece. ¿Y cuál es el
otro puerto más cercano? ¿A qué país corresponde? ¿Qué poeta conocen que allí
nació? ¿Qué produce esta región? ¿Alguien recuerda una canción de este
lugar?...”, y comenzó una tarea de geografía, de historia, de música, economía,
literatura, religión…
La
maestra quedó impresionada. Al terminar la clase le dijo conmovida:
-
“Señor, nunca olvidaré lo que me enseñó hoy. Muchas gracias.”
Pasó
el tiempo. El inspector volvió a la escuela y buscó a la maestra. Estaba
acurrucada atrás de su escritorio, los alumnos otra vez en total desorden...
-
“Señorita... ¿Qué pasó? ¿No se acuerda de mí?”
-
“Sí señor, ¡cómo olvidarme! Qué suerte que regresó. No encuentro el corcho.
¿Dónde lo dejó?”.-

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